lunes, 12 de agosto de 2013

Perros


El día anterior había leído el cuento de Joyce Carol Oates, “Mastiff”. Entre las pocas opciones de cuentos libres que tenía para leer en el New Yorker, me llamó la atención ése, por el Mastín gigantesco que eligieron para ilustrar el cuento.

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Cuando tenía seis años, un Mastín gris mordió a mi hermana. Ella no lo provocó, simplemente abrazó a su amiga, la de la casa, y el perro sintió de súbito un ataque de celos, y se fue contra ella, mi hermana. La mordida le atravesó del paladar a las cejas. Tuvieron que coserla en el hospital. Entonces descubrí que la piel podía coserse, tanto o más que las cobijas que tejía mi abuelita.

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El cuento me dejó triste, por el ataque del perro en la montaña, y por los dos conocidos casi extraños que intentan gustarse a pesar de que no lo están logrando; la soledad desesperada de encontrar en el otro una mueca que abra un camino hacia algo que alguno pueda reconocer, pero que casi no está ahí, o por momentos aparece como una nube que en segundos muta en nada. Hasta el ataque del Mastín.

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Al día siguiente encontré en el periódico en la sección “Ciudad”, que un Boxer había matado a un niño de año y medio en Tláhuac. Coincidencias. Sentí miedo, como si las letras me estuvieran hablando, como si la nota estuviera ahí para que yo descubriera un mensaje en clave. La madre iba paseando con su hijo pequeño, al cuál llevaba atado a una correa (sí, el niño atado a una correa para que no se le fuera a perder). Ironías. Y por alguna razón, el perro alcanzó a sacar su cabeza por la reja y arrastró al niño hacia el interior. Los detalles los omito. Lo importante es que el niño murió, y el personaje del cuento, no. La realidad supera a la ficción.

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Yo también tengo una perra, no es Mastín, ni Boxer, ella es mezcla, es de la calle, y eso me gusta, de algún modo me hace sentir menos responsable. Al principio no la quería, por grande, estaba acostumbrada a los Cocker spaniel o a la Maltés viejita, ahora sorda y ciega que habita en casa de mis padres, un amor. No estaba acostumbrada a perros grandes, como la mía, que es blanca y tiene un antifaz negro. Una loba a la cuál adoptamos porque un amigo la encontró llorando afuera de la escuela de sus hijos. Cuando me vio, ladró. Y yo me paralicé de miedo. Pensé que no podríamos cohabitar la misma casa.

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Un día mi perra que es mezcla se perdió. Había salido a tomar unas fotografías, y a pesar de que la tenía sin correa, a pesar de que es de la calle y reclama siempre su libertad, la dejé salir. Caminó más rápido, hasta que no pude seguirle el paso y la perdí. Por más que la buscamos, apareció después de un par de horas, traída por unas niñas que la habían encontrado. Me sentí culpable.

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 Desde entonces la veo como un ser humano. Sus actitudes son más coherentes que las mías, si se enoja puede no voltearme a ver en todo el día, hasta que se le pasa el berrinche y comienza a mover la cola. Su rebeldía es grande, no sé de donde la saca. Desde ese día creo que nos reconocimos, sus ojos no son los de un perro, son los de una mujer árabe que se delinea los párpados. Nos entendemos, nos queremos, y habitamos en paz el mismo espacio.

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Fobia. No he perdido el miedo a los perros. Mi psicoanalista dice que puede ser mi agresividad proyectada en el afuera. Puede ser. Pero también hay perros que atacan a los humanos por instinto.

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Al final, perros y seres humanos somos muy parecidos.


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jueves, 8 de agosto de 2013

Butoh



El butoh es la danza de las sombras.
No la mía, la de mi sombra.
Doris Dörie, Las flores del cerezo.

Danza Butoh. Los cuerpos de postguerra. Retazos de carne desplazándose por las calles de Hiroshima.
Hiroshima.

El cuerpo envuelto en ceniza, moviéndose con la precisión de un reloj a través del espacio. Baile en la sombra de la sombra.
Oscuridad del principio.

Camino de mar, de un cuerpo que comprende el lecho marino, su cadencia, su profundidad. Primeros movimientos en el vientre, flotando, polvo de polilla.
El universo entero en las alas de una polilla.

La misma fuente arrancando el movimiento a los seres salpicados de polvo, partículas suspendidas en la tierra, un salto hacia el vacío, un nado en la nada. Gesticulaciones, muecas, dolor y búsqueda.

Transiciones; Tobari
Tiempo con nombre propio. La mutación de oscuridad en luz. Belleza sutil, agonizante y precisa. Recatada. Silenciosa.


Un cuerpo nuevo.

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miércoles, 7 de agosto de 2013

Escribir



Salvar el día. Rescatarlo de que se enrede en esos hilos que tienden los abismos. Con esas puertas diminutas que llevan a otras más pequeñas en donde ya nada se encuentra. Escribir para salvar el día, para que la sucesión de palabras le dé sentido a la mañana, al miedo de no escribir detrás de la ventana que mira al bosque y a sus sombras.

Horas largas entre las hojas.

Callar no es lo mismo que el silencio. Entre mi boca cerrada y el espacio hay un grito de por medio, una llama. Algo que se calcina a nuestra vista, algo que se revienta y pide ser nombrado.

Escribir.



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jueves, 11 de julio de 2013



Hay palabras que hablan del desierto:
una voz de tierra
eco en el viento
–palabras polvo–
que vuelan buscando tocar
a un hombre que duerme
con una mariposa blanca
bajo el brazo.
Hilos que tejen palabras y poetas y hombres
que besan alas transparentes en el sueño;
–filamentos, fe–,
de rozar sus corazones con el delgado filo
de mis plumas ave.




jueves, 23 de mayo de 2013

Sisters




She is the one you call sister
you blaze like lightning about the room
flicker around her like fire
dazzle yourself in her wide eyes
listing her unfelt needs
thrusting the tenets of your life
into her hands.

Adrienne Rich, The mirror in which two are seen as one.



jueves, 11 de abril de 2013

Naufragio


Vine desde el naufragio de mi misma
Sobreviviendo a las olas de la noche
En que mi cuerpo recorrió callejones
De una ciudad que no conozco.

Las ruinas de un barco
Siguen mojándose en la arena
La lluvia las pulirá hasta que nada quedé
De ellas.

El tiempo se irá
Dejando siempre lo que no quiera ser llevado
Un baúl
Donde nos guarden juntos
Sin el otro pasajero que no siguió
Viajando con nosotros.

Nos quedamos tú y yo
Para siempre solos

Tú y yo

Con un ancla en la tierra
Porque en el fondo de tus propias ruinas
Yo sé que tienes miedo de volar

Conmigo.

Esta noche todo se ha disuelto,
El futuro,
Las ansias,
Y el deseo.

He vuelto del naufragio

Sobrevivido

No soy muerte,
Soy vida,
Y en mi vientre palpita

Aún

El infinito.